El Martiyo Plus

.../// Satélite de El Martiyo -más descansado, aunque no menos grave-, El Martiyo Plus aspira a reunir un material disperso y diverso escrito a través de los años para distintos medios o no, textos inéditos y públicos, intemporales, puntuales o anacrónicos, pero que mantienen cierta vigencia, o nos recuerdan preclaros, con valor de crónica, el futuro que el pasado ya entrañaba en su presente. Artículos, columnas de opinión, reportajes, reseñas, síntesis biográficas, recuerdos, relatos, viajes, amores, batallas y visiones, cosas escritas en redacciones estrepitosas, o en soledades últimas, y que componen, pieza a pieza, el rompecabezas de mi cabeza, que bien podría ser la suya ///...
Daniel Ares

viernes, 24 de junio de 2011

CRÓNICAS PERDIDAS: “El mono, los besos y los años”...

N. del R.: Este artículo fue escrito por encargo para la revista Cosmopolitan hacia fines de 1999, poco después de conocida la noticia sobre la cual reflexiona.
Los años han pasado y la noticia ya venció, pero la reflexión no. El autor ya superó los 50, y sin embargo volvería a escribir estas mismas palabras.
La ciencia es un gran intento de los hombres.
Pero el alma que los anima es un misterio que los desborda sin solución.

*



Como resultado de una década de investigaciones, recientemente  la ciencia ha descubierto “el climaterio masculino”, algo así como la “menopausia” de los hombres: una merma en el deseo y sus posibilidades, un deterioro fisiológico que parece que comienza -como sucede con las mujeres-, hacia los cincuenta años.
Aquí Daniel Ares (quien recién pasó los 40, pero va en rumbo de colisión), escritor y periodista, hombre inquieto, saludable y practicante, se permite dudar de la ciencia toda amparado en una cuestión “más vieja que la vida –dice-  y que no tiene solución como la muerte”. 



EL MONO, LOS BESOS Y LOS AÑOS


Por Daniel Ares




                                                                   
 
   Así como existen enfermedades que no tienen remedio, así también hay remedios que no tienen enfermedad.
   Una teoría científica flamante, pretende anunciar que algo similar a la “menopausia femenina” le sucede a los hombres cuando se acercan a los cincuenta años. 
   La primera noticia surgió una mañana del último setiembre del siglo pasado, cuando un recorte del diario Clarín anunciaba a quemarropas: “Ahora los científicos aseguran que el proceso de climaterio no es una cuestión de género. Después de una década de investigaciones, ya no tienen dudas: los hombres también viven su menopausia, un proceso fisiológico que puede sobrevenir a partir de los 45 años”. Más abajo se aclara que “algunos hombres hasta pueden vivirlo después de los 80”. Y sí, claro.  Es posible, cómo no. Y si no es después de los 80, digo yo, acaso sea después de los 130, seguro, cómo no...
   Más abajo aún, pero en el mismo artículo, distintos científicos opinan que sí  pero dicen que no. Opinan que sí les sucede a los hombres algo parecido a la menopausia cuando se acercan a los cincuenta años, pero a la vez dicen que no es apropiado llamarle “menopausia” ni tampoco “andropausia”, y que sería más preciso hablar de “climaterio masculino”.
   Llamen como lo llamen, ya existe -por supuesto- un célebre tratado sobre el tema, escrito por el especialista norteamerciano –no podia fallar- Jeff  Diamond, titulado éste, sin anestesia, “La menopausia masculina”. Durísimo, sí. Según el diario, el libro y los científicos; hacia los cincuenta años, los hombres sufren una merma en el deseo sexual, originada en una decadencia testicular inevitable.
   Brrr.
   Por supuesto y por suerte -y como era de esperar- otros científicos -de la mano de éstos primeros científicos-, ya descubrieron nuevos remedios muy eficaces contra dicha antigua enfermedad que recién no existía.
   Sin embargo, desde el punto de vista de un hombre maduro, inquieto y saludable, aunque ignorante de la ciencia –pongamos por caso: yo mismo-, podría decirse que el asunto es bastante más simple, aunque mucho más complicado.


    El indecente y desesperanzado Charles Bukowski, escribió alguna vez palabras llenas de esperanza: “No te dejes engañar, muchacho: la vida comienza a los 65".
   Ya sesentón, George Bernard Shaw sugería haber abandonado la práctica del sexo no por razones orgánicas o físicas, sino por cuestiones puramente prácticas: “la posición es ridícula, el esfuerzo es mucho y el placer efímero”.
    La jovencísima –y hermosa- modelo brasilera Luciana Giménez, que al cabo le ganó el juicio por paternidad al muy rolistón Mick Jagger, no sólo ventiló su romance por toda la tierra, sino que a su vez se mostró francamente impresionada por el vigor amatorio de éste cincuentón invulnerable.
   El maestro Luis Buñuel, hacia el final de su vida, confesó en sus memorias que si se le apareciera un día un genio de lámpara y le ofreciese de vuelta la potencia viril de su perdida juventud, él le diría que no: “que mejor me diera un buen estómago y un buen hígado para soportar las comidas con mis amigos”.
   Charles Chaplin, semental octogenario, no tuvo sosiego hasta la silla de ruedas...
   Y uno se pregunta: pero entonces, ¿da o no da? ¿Se puede o no se puede? ¿Se puede cuando se quiere, o se quiere cuando se puede? O mejor aún: ¿Será que se quiere por siempre, o que los placeres mundanos un día nos dejan y por fin nos liberan?...
   Glup.
   Arte o deporte, necesidad fisiológica, sublimación de instintos, fuerza primera, impulso vital, carne solamente, o lo que fuera que el sexo sea (o todo junto al mismo tiempo), cualquier hombre maduro, inquieto y saludable, sabe que la juventud permite marcas que más tarde se registran como récords, y que ya no se superan.  Lo que a los 20 se lograba en una sola noche -en menos quizá-, pasados los cuarenta toma dos noches o más, es cierto... Pero también es cierto que la experiencia afina los buenos oficios, y recién así, con los muchos años, el hombre maduro, sabio y dedicado, alcanza las alturas de la gloria de sus mejores perfomances. El primer sol no es el que más calienta.
   Borges escribía más a los veinticinco, pero mejor a los setenta.
   Bochini corría más a los dieciocho, pero la alquimia de su fútbol brilló después de los treinta, cuando ya le faltaban todos los pelos y la pancita de un buda le asomaba por encima del pantalón. Quieto en el medio -sabio por diablo, pero más sabio por viejo-, jugaba y hacía jugar y a su lado se  lucía cualquiera.
  “Cuando aprenda a pintar, voy a pintar como un niño”, juró un Picasso joven aún, y que sólo sobre el final de su vida logró los cuatro trazos infantiles que sintetizaron su genio.
    El mejor Goyeneche es el último.
    Y es que arte, juego o deporte, el sexo no se multiplica: se divide o se concentra; no se prodiga: se desborda, y más de una vez, se desperdicia. Las olímpicas proezas de la primera juventud, son meritorias y serán memorables, sí. Pero la excelencia de la verdadera grandeza, sólo se alcanza con los muchos años de trabajos infructuosos, de prueba y error, y de prueba otra vez. Así “los cinco en una noche” del ayer, son ahora el “único de anoche” del presente. Pero ése “único” de hoy, suple y supera, porque concentra y consagra, lo mejor de los “cinco” del ayer.  No es lo mismo abocarse, que abalanzarse.


  
En cuanto al paso del tiempo, bueno... esa es otra canción, una canción sin solución.
   Decrepitud o desgaste, o simplemente refinamiento, cualquiera sabe que en la madurez el Scalextric de la infancia ya no divierte como entonces. Un poco por eso nosotros aquellos ya no somos los mismos. Muchas veces los juguetes se rompen o se pierden, pero muchas otras -la mayoría de las veces-, simplemente se olvidan porque aburren o cansan, y se los tira por ahí para buscar otras cosas, porque el hombre crece, cambia, madura... evoluciona, como suele decirse.
   Claro que nada es tan simple, ni siquiera una banana.
Porque arte o deporte,  pasión o lo que fuera, pero juego “de a dos” por excelencia, el problema del sexo no sólo está en los desganos propios del crepúsculo, sino, y sobre todo, en el otro, es decir, en la pareja, el contendiente, el objeto del deseo: la obra y la materia de la obra. En éste caso concreto -desde el punto de vista de un hombre maduro, saludable (y muy dedicado)-, el punto, entonces, serían ellas: las mujeres. “Las chicas”, como cariñosamente se las llama de este lado de la vida.
   Instrumento sensible y complejo -y muy rico en variaciones vibrantes-, en el ancho mundo del arte del sexo, la mujer es al hombre, ni más ni menos, el stradivarius que hará del buen violinista, un violinista mejor, más inspirado, más pasional, más subyugante, más encantador, en fin: más violinista.  
   Hijos en línea directa del mono Número Uno, a la luz de los milenios, se puede decir que  hemos mejorado notablemente la decoración y la fachada de nuestras cavernas, así como nuestros medios de transporte o nuestro viejo taparrabos (ni qué decir de aquella forma de andar tan encorvada), y de tantas otras cosas que el ingenio y el tiempo nos legaron. Muy bien, felicitémonos... Pero admitamos también que en muchos otros aspectos -atávicos, perdidos, monitos al fin-, no hemos progresado nada. Los celos, el hambre, la sed y la muerte, y la fuerza de los deseos, por ejemplo, se mantienen iguales, intactos, por no decir: primitivos.
   En cualquier documental moderno puede verse a cualquier hora la más antigua de las escenas. El viejo macho de la manada reina sobre todas las hembras mientras los machitos más jóvenes lo respetan porque le temen. Él es más grande y más sabio y todavía más fuerte, y aunque todas las monas son suyas, el viejo gorila se pasa la mayor parte del día recostado sobre su rama en lo alto del árbol, solo, con los ojos fijos en la niebla mascando hojitas tiernas... De tanto en tanto, una monita bonita le inspira una nueva canción, y por algún motivo que los otros monos no entienden, la monita se entrega al viejo gorila, y ahora también le pertenece. Sin embargo el gran mono igual vuelve a su rama y a sus hojas, y fija los ojos en la niebla.
  ¿Qué es lo que piensa?
  ¿Qué le pasa?...


   Le pasa que el Scalextric del ayer no lo divierte más, que las ganas del cuerpo ya no le bastan al alma, y que cada día es más difícil inspirarle una nueva canción. No olvidó cómo se compone un buen tema, al contrario, ya se lo sabe de memoria, y aunque ahora tiene la voz toda rota, se dice sin embargo que canta mejor nunca. Conoce las más variadas melodías y puede bailar cualquier ritmo. Quizás perdió velocidad, es posible, pero ahora se detiene mucho más en los detalles, y así distingue su estilo. Su problema no son las tripas ni el paso de los días, sino los cogollos del alma que se marchitan antes de abrir. Siempre la misma historia de ayer y antes de ayer, y qué para mañana... En fin: un problema más viejo que la vida, y que no tiene solución, como la muerte.
    Si a eso le quieren llamar “menopausia masculina”, que le metan para adelante. Si descubrieron el remedio, aquí tienen la enfermedad: a vender pastillitas... Otros, a lo mismo, como siempre, le seguirán llamando “hastío”, “hartazgo” o “cansancio”; algunos le dirán “sabiduría”, unos pocos “otoño”, y otros muchos cambiarán constantemente de opinión conforme cambien de mujer, de guitarra o contendiente. Es así.
Ante la imponencia del David recién terminado, el Papa de turno le preguntó al inmortal  Miguel Angel cómo era que lo había hecho, y Miguel Angel le respondió: “muy fácil: saqué todo lo que sobraba”.
   Más arte que deporte, entonces, el sexo no permite reglas porque no sabe de límites. Abstracto o figurativo, clásico o moderno, antiguo o futurista,  la obra depende del artista que la talle, sin dudas, pero también del mármol que le toque. Cuando se da la precisa conjunción, todo es posible: desde el relámpago de la inspiración, hasta la más laboriosa y delicada orfebrería. Entonces la experiencia, la técnica, el conocimiento, resultan decisivos. Son de verdad muy raros los casos de precocidad que hayan pasado a la historia. Un Rimbaud no hace verano. “Tuve que escribir un millón de palabras ajenas antes de escribir una propia”, decía Henry Miller, que de escribir y de sexo sabía un montón.
   Es por eso que el paso del tiempo -no así su pérdida-, juega a favor del artista genuino que ama su obra y se entrega a su materia. Con los años y el oficio, sus manos, más lentas, pierden torpeza y ganan sensibilidad; y aquella pasión que ayer se desmadraba rompiendo mil bloques de mármol, ahora le pertenece y la domina, ya la maneja a su antojo, y así extrae de su corazón, piezas que nunca se olvidan.
   Por eso digo que -desde el punto de vista del homo sapiens erectus, maduro, inquieto y practicante-, vale dudar severamente de esta nueva teoría que así pretende feminizar a los hombres modernos como si los pobres ya no tuvieran bastante con los quehaceres de la casa, las compras y los chicos.
Es muy raro que los adultos se rían con la misma facilidad y frecuencia con que se ríen los niños, desde luego... pero solamente los grandes son capaces del trueno de una regia carcajada. Claro que antes nos bastaba con Firulete y Santiaguito, y ahora, para hacernos reír, hacen falta Woody Allen, Borges, Monterroso o Celine, es cierto...  pero es que se crece, se cambia, se evoluciona, en fin, cada uno lo llama como mejor lo entiende. Después de todo, los científicos podrán saber muchas cosas sobre los monos, seguro... Pero los monos, sobre los monos, lo sabemos todo.


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