El Martiyo Plus

.../// Satélite de El Martiyo -más descansado, aunque no menos grave-, El Martiyo Plus aspira a reunir un material disperso y diverso escrito a través de los años para distintos medios o no, textos inéditos y públicos, intemporales, puntuales o anacrónicos, pero que mantienen cierta vigencia, o nos recuerdan preclaros, con valor de crónica, el futuro que el pasado ya entrañaba en su presente. Artículos, columnas de opinión, reportajes, reseñas, síntesis biográficas, recuerdos, relatos, viajes, amores, batallas y visiones, cosas escritas en redacciones estrepitosas, o en soledades últimas, y que componen, pieza a pieza, el rompecabezas de mi cabeza, que bien podría ser la tuya ///...

Daniel Ares


lunes, 13 de junio de 2011

AMORES DE HISTORIA-HISTORIAS DE AMOR. HOY: Scott & Zelda Fitzgerald: HERMOSOS Y MALDITOS

Scott & Zelda


La verídica y muy triste historia de uno de los más grandes narradores norteamericanos del siglo XX, lleva la marca indeleble de una sola mujer que fue al mismo tiempo su musa, su pasión y su abismo. Bellos los dos, jóvenes, ricos, talentosos y atrevidos; Francis Scott Fitzgerald, y su esposa Zelda, atronaron su tiempo y fueron la pareja símbolo de la era del jazz y de los años locos. Sus escándalos por París, las mutuas infidelidades y las borracheras juntos, la fiesta incesante y la noche infinita, Hollywood, los manicomios, el ardor y el descontrol, hicieron por partes iguales la gloria y la tragedia que los volvió inolvidables, patéticos y grandiosos.




HERMOSOS Y MALDITOS

 

 

Por Daniel Ares


 

“Hablo desde la autoridad que da el fracaso”.

F.S.F.


La divina trinidad de la novela norteamericana del siglo que se fue, quedó para siempre regida por sus tres gigantes eternos: Ernest Hemingway, William Faulkner, y Francis Scott Fitzgerald.

El primero, Hemingway, inventó una nueva manera de narrar que alumbraría todo el camino que seguía. El segundo, Faulkner, más que sacar de la nada relatos inconcebibles, descubrió una dimensión del alma humana todavía vedada a los demás. Y el tercero, Fitzgerald, fue quien compuso la única novela del siglo XX norteamericano considerada todavía perfecta: El gran Gatsby.  Por eso Hemingway y Faulkner admiraban tanto a Fitzgerald, prodigio y promesa de su grandiosa generación.

Sin embargo sólo Hemingway y Faulkner crecieron hasta el final, ganaron el premio Nobel, y murieron en plena gloria. El otro, Fitzgerald, conoció el éxtasis del éxito y la efervescencia de la fama, supo del lujo y la riqueza  en lo mejor de su juventud, y al son de la locura de su tiempo y su mujer, antes de cumplir los cuarenta años, perdió el rumbo de su suerte entre la niebla del alcohol, se hundió despacio en el fracaso, y el olvido se lo tragó. Murió solo, joven, pobre y callado. Y todo -dicen- por una mujer: Zelda.

 Hacia 1935, un joven Hemingway rugiente y ya triunfal, le escribía en una carta a William Faulkner: “Querido Bill: ahora sí creo que sólo quedamos tu y yo. Dos Passos* se ha vuelto un cobarde y un maricón. Y en cuanto a Scott, bueno... creo que Scott está terminado: Zelda lo terminó”.

 

 Zelda Claire Sayre había nacido el 24 de junio del año de 1900, en Montgomery, Alabama, como hija de un juez de la suprema corte del Estado, y segunda princesa inmaculada de un hogar muy respetable, distinguido y ambicioso. Sin embargo la niña, bella, consentida y rica, no tardó en mostrar problemas de conducta, que sus padres -en la ceguera de su benevolencia y vanidad-, prefirieron confundir con algo pasajero, o mejor aún, con un dejo natural de aristocrático esnobismo. El caso es que antes de cumplir los 17 años –en la recatada Alabama de principios de siglo-, Zelda ya fumaba en público -incluso frente a sus padres-, y ya decía a viva voz que había “besado a miles de hombres”, y que estaba “dispuesta a besar otros mil”.

 Cuatro años antes y en otra parte, en 1896 y en Saint Paul, estado de Minessota, había nacido él: Francis Scott Key Fitzgerald, hijo de un refinado sudista reducido a corredor de seguros, y de una hermosa plebeya descendiente de comerciantes irlandeses. Pese a la inestable economía familiar, Francis recibió una muy buena educación yendo a la St. Paul Academy primero, luego al Newman School de Hacksensack, y por último a la Universidad de Princeton, donde pronto fracasa como futbolista, pero destella como escritor.

Todos los vientos de sus instintos lo llevan aunque no quiera a frecuentar rápidamente los circuitos intelectuales universitarios, sus clubes literarios y sus fiestas. Pronto escribe artículos y relatos para sus revistas y otros periódicos, y enseguida saborea los primeros elogios que detonan su vocación. Los chicos lo admiran, las chicas lo miran, y él quiere más.

 Así describe Ernest Hemingway a un Fitzgerald adulto en París era una fiesta: “Scott era ya entonces un hombre pero parecía un muchacho y su cara de muchacho no se sabía si iba para guapa o se quedaba en graciosa. Tenía el pelo ondulado muy rubio, frente muy alta, ojos azules y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios, que en una muchacha hubiese representado la boca de una gran belleza. Tenía una firme barbilla y perfectas orejas, y una nariz que nunca fue torcida. Desde luego que se puede tener todo eso y no ser hermoso, pero él lo era”. Valga éste retrato entonces para imaginarlo diez años antes, en 1917, cuando Scott egresa de Princeton dispuesto a ser un héroe como cualquier otro chico de su edad y su país.

 

Europa se incendia y un día por fin lo llaman a filas. Él también quiere sus medallas. Con 21 años deja sin terminar su primera novela, El romántico egoísta, y toma su fusil. Atlético y bronceado, invicto todavía, ahora esplende en su nuevo uniforme como una estrella de cine de esas que surgen por entonces. En el fervor de las despedidas, ya pronto para el combate, dos días antes de partir, en un baile de estudiantes en Long Island, Scott y Zelda se conocen. Se cruzan y se miran y ya no se desatan nunca más por mucho que se alejen tantas veces. Allí está ella: niña-mujer hermosa y refinada y sin embargo salvaje, ya bebida y bastante desprejuiciada, demasiado distinta, y por eso muy valiente. Los dos son para los dos, lo que los dos soñaron siempre para ellos. Por un instante sin embargo, casi que la guerra los salva de sí mismos: apenas se conocen y ya tienen que despedirse, él marcha hacia el frente, sí,  pero casi, porque no... a punto de ser embarcado, llega la noticia de la rendición alemana y él se queda sin sus medallas y entonces vuelve a Zelda y a sus novelas y a su destino sin solución. 

 La fiesta y la tragedia que será su vida juntos, acaba de empezar. Ahora es la fiesta. Después será la tragedia. El gran escenario es el mundo, los únicos protagonistas son ellos dos, y el resto es reparto, cartón pintado, fondo falso, y la realidad una burda variante de la ficción.

 Se comprometieron en 1919, cuando él trabajaba en una agencia de publicidad a la que rápido renuncia para terminar la nueva y última versión de su primera novela, El romántico egoísta, ya bajo el definitivo título de A éste lado del paraíso. Su nombre y sus relatos ganan público y espacio en las revistas más exitosas. Comenzaba a brillar y prometía. Tal vez por eso, algunos de sus mejores amigos, quisieron que viera a Zelda como la veían ellos: desfachatada hasta la impudicia, provocativa hasta el escándalo, inestable hasta la incoherencia, depresiva, siempre borracha... Pero no, él no puede verla así, porque él no puede ver nada porque él se enamoró y está ciego como corresponde. En febrero de 1920, en legítima defensa de sus más profundos sentimientos, le responde por carta a su amiga –y admiradora (y acaso pretendiente)- Isabelle Amorous: “Ninguna personalidad tan fuerte como la de Zelda podría pasar sin recibir críticas y, como dices, ella no está por encima de los reproches. Siempre supe eso. Ninguna joven que se irrita en público,  que disfruta francamente de contar historias chocantes, que fuma constantemente y que manifiesta que “ha besado a miles de hombres y se propone besar a miles más”, puede considerarse más allá del reproche, aún cuando esté por encima de ello. Pero Isabelle… precisamente yo me enamoré de su valentía, de su sinceridad y de su apasionado autorespeto, y son ésas las cosas en las que creería aún si el mundo entero prefiriese recelar que ella no es lo que debiera ser”.

 

 Scott y Zelda se casaron en 1920. Un año antes, extemporáneamente, contra la opinión de su propia familia, sin que ni siquiera ella misma pudiera explicar muy bien por qué, Zelda rompió el compromiso. Pero por iguales –y confusos- motivos, unos meses más tarde el lazo se recompuso y al fin se casaron en Nueva York. Ella tenía 20 años, él 24. A éste lado del paraíso, su primera novela, acababa de aparecer. Pronto será el escritor más famoso y mejor pago de los Estados Unidos. La fiesta crece, la tragedia espera.

 En 1921, los recién casados hacen su primer viaje a Europa, recorren Inglaterra, Francia, Suiza, Italia... Son tiempos de bohemia y grandes bailes selectos en fastuosas embajadas, mansiones y palacios de la noche infinita. Todo es brindar, bailar y aplaudir.  “Ibamos tanto al teatro que comenzaste a deducirlo de tus impuestos”, le reprochará Zelda mucho después, pero no entonces, entonces festeja, no hay otra cosa que hacer, a no ser parir... En octubre de 1921 regresan a los Estados Unidos para que nazca Frances Scott Fitzgerald Sayre, Scottie, la única hija que tendrán. Apenas una distracción. Parto, posparto, niñeras francesas, institutrices sajonas, los mejores colegios, y que siga la fiesta.

 En 1922 aparece su segunda novela, Hermosos y malditos,  y ahora sí que es el mejor pago. “Fuimos a Nueva York y alquilamos una casa borrachos -recordará Zelda, años más tarde- dábamos montones de fiestas... Bebíamos siempre y al final nos fuimos a Francia porque en esa casa había demasiada gente. Nos fuimos a St. Raphael, tu escribías y a veces íbamos a Monte Carlo y a Niza... Pero estábamos solos, y entonces organizábamos grandes fiestas para los pilotos franceses”...

 Aquel verano de 1924 lo pasan allí, así, en St. Raphael, en la Riviera francesa. Scott bebe y trabaja en El gran Gatsby; y Zelda bebe y bebe, y vive un desastroso romance con un piloto francés. Scott bebe y la insulta, ella bebe y llora. En los intersticios de la fiesta y su resaca, discuten hasta cuando duermen. El alcohol, los celos y los gritos, serán la música de fondo de ese verano indeleble. Aun así,  Fitzgerald termina su trabajo mejor, y acaso por eso, algún día recordará aquellos días como “mis días más felices”. Zelda, en cambio, no: “...y así pasó aquel verano, fiesta tras fiesta... Te la pasabas tomando y me dejabas sola mucho tiempo. Había demasiadas cosas que hacer y demasiada gente y nuestra casa siempre estaba llena...estaban los ingleses dormidos que encontré una mañana en el piso y... literalmente, estuviste borracho todo el verano sin interrupción”. 

 Vuelven a América y en 1925 Scott alcanza la cima de su gloria. El gran Gatsby aparece y explota. El público, la crítica, sus pares, el asombro... T.S. Elliot, patriarca vivo de la lengua inglesa, dice que “El gran Gatsby es el primer paso que da la novela norteamericana desde los lejanos días de mister Henry James”. Un chico llamado Ernest Hemingway lo admira tanto, que le manda sus origínales para que Scott haga con ellos lo que quiera. Las revistas publican su foto en tapa y varias poses; su hermoso rostro acompaña el éxito del Gatsby, y su porte y su figura, su juventud dorada, lo convierten enseguida, con 29 años, en el icono triunfal de su generación, la imagen más acabada de un gran país en su esplendor.

 

De vuelta por Europa unos meses más tarde, Zelda y Scott derrochan buena parte de la salud y la fortuna y del tiempo que les queda. Es la era del jazz, los años locos; en París está ése chico Hemingway y se hacen amigos, y mientras ellos beben y ríen y construyen la mejor literatura del siglo, Zelda toma clases de danza con una princesa polaca que al final la enamora... “Tu descubriste a Ernest y el Café des liles, y yo bailaba y me hacía adicta a mi profesora”... Acaso era hora de volver a casa.

 En 1926 están de vuelta en Estados Unidos, en California, en Los Angeles. No hay entonces en todo el país un escritor más popular que Scott, y Hollywood no se lo quiere perder, prefiere devorarlo. La fiesta que no cesa tampoco es gratis, los caprichos de Zelda son caprichos de reina, y él vive la vida de un millonario de ficción. Y todo eso hay que pagarlo con algo más que un par de cuentos por año y una buena novela cada tanto. La United Artist lo contrata para sus estudios, y allí firma su pacto con el Diablo. A partir de entonces –y mientras les sirva para algo-, a cambio de no ser, tendrá todo lo que quiera. 

 En su jaula de oro sin barrotes, cree que es libre porque en un primer espejismo el dinero y la fama le abren más puertas y nuevos caminos. En los años que siguen, sin dejar de brindar, de pelear, de traicionarse y de besarse, Scott y Zelda van y vienen de Europa, recorren Génova y otra vez la Riviera francesa, desbordan París entre champán y carcajadas, escandalizan una recepción en una embajada romana, viajan de vacaciones al Africa como hacen los ricos más ricos, y más o menos por entonces, en el pico desmadrado de una noche imparable, los nervios de Zelda colapsan por primera vez.

En abril de 1930 es internada en la clínica psiquiátrica Malmaison, en las afueras de París.

La fiesta se terminó. Ahora comienza la tragedia.


 “Tu te estabas volviendo loca y lo llamabas genio, yo me estaba yendo a la ruina y lo llamaba cualquier cosa que tuviera a mano. Y creo que todos los que estaban a suficiente distancia como para vernos más allá de la verbosa presentación que hacíamos de nosotros mismos, se formaban una idea de tu casi megalomaníaco egoísmo, y mi insana indulgencia con la bebida... Sinceramente, jamás pensé que nos arruinaríamos el uno al otro”. Así le escribe él a ella poco después de aquella primera internación, cuando Zelda vuelve por un tiempo a la casa de sus padres en Montgomery, y Scott viaja a Los Angeles empleado ahora por la Metro Goldwyn Mayer. Es el principio del derrumbe, su propio crack-up en medio del gran derrumbe nacional. Es 1930, Wall Street ha caído. La gran depresión ha comenzado y ya lo muerde.

Mientras Hollywood se lo fagocita licuando su talento en tristes guiones olvidables, en junio de 1932, Zelda sufre un segundo colapso nervioso y es internada en una clínica psiquiátrica de Baltimore, donde dopada y sin alcohol, comienza a escribir su propia novela mientras Scott escribe lo que le dicen para mantener la novela de ella, su manicomio y sus reproches.

“A ti no te importaba nada de mí –le escribe Zelda- así que seguí y seguí bailando sola, y pase lo que pase, sigo sabiendo en el fondo que todo es un juego sucio y sin Dios, que el amor es amargo y es todo lo que hay, y que el resto es para los mendigos emocionales de la tierra y tiene más o menos el mismo valor que la gente que se excita con postales obscenas”.

Aún así, entusiasmada, igual le envía los primeros borradores de la novela que escribe, le pide su opinión y él los lee, encuentra pasajes enteros copiados de sus propias novelas, se agota y le responde: “...sólo puedo decirte que no existe tal cosa como expresarse a uno mismo. Sencillamente no existe. Lo que uno expresa en una obra de arte es el destino trágico y oscuro de ser el instrumento de algo incomprendido, incomprensible, desconocido. Tu llegaste hasta el umbral de ese descubrimiento, y después decidiste, contra toda lógica, destrozar la puerta y entrar sin pagar. Lograste únicamente destrozarte a ti misma, y por poco a mi y a Scottie, si no me hubiera interpuesto”. De la enfermiza pasión que habían sido, ya sólo quedaba eso: un enfermizo ir y venir de cartas.

 Prudentemente, mientras tanto, lejos de su madre y de su padre, Scottie crecía preservada por una institutriz francesa y por los mejores colegios que Hollywood podía pagar con los desguaces que hacía de su padre. Pero su padre se agota y sus ganancias con él. La Metro no lo quiere más, no le renueva su contrato, es razonable: bebe demasiado, pierde mucho tiempo con sus propias obras, y nadie sabe muy bien por qué, pero ya no resulta tan divertido.

En junio de 1934 Zelda sufre su tercera y más aguda crisis de nervios, y es internada primero en Baltimore y después en un psiquiátrico privado de Nueva York. El 28 de agosto, Scott le escribe al doctor Murdock -médico de Zelda-: “Como sabrá, ayer vi a mi esposa y estuve una hora y media con ella. Fue mucho mejor que cualquiera de las otras veces que la vi, desde que tuvo otra crisis en enero pasado. Parecía en todo sentido exactamente la misma chica que solía conocer. Pero, quizás por ese motivo, a los dos nos pareció muy triste, y Zelda se puso a llorar en mis brazos y sentimos que el verano que se escapa representaba la forma en que la vida se no está escapando a los dos”.

 A fines de ese mismo año, Scott publica su nuevo libro, Tierna es la noche, pero vencido como está, se lo traga el silencio.

 Es más o menos por entonces cuando Hemingway, en plena victoria, le escribe aquella carta temeraria a su temido compadre William Faulkner: “Scott está terminado. Zelda lo terminó”.

 

  En 1939, Scott y Zelda, con las cenizas de su pasión –y las migajas de Hollywood-, intentan una nueva luna de miel en Cuba, de la que Fitzgerald regresa urgentemente para ser hospitalizado en Nueva York, donde los médicos le dicen lo que tiene de tanto fumar, beber y no comer: tuberculosis.  Pocos días después, Zelda es internada en el Highland Hospital de Ashville, presa de una profunda depresión. Scott, en tanto, apenas recuperado, a finales de aquel año de 1939, vuelve a Hollywood a vender lo que le queda por lo que sea. Pero como nadie le compra nada por nada, a partir de entonces no tiene más alternativa que sobrevivir como colaborador free-lance de los grandes estudios, que ahora le pagan su whisky y su tabaco mientras él escribe sin descanso tristes sketchs cómicos para series de segunda, para actores sin futuro, y para morir así, pocos después, el 21 diciembre de 1940, en su casa de Sheilah Graham, a los 44 años, víctima de un ataque cardíaco, lleno de deudas, joven y ya olvidado.

  Zelda enloqueció del todo. Sola y cada vez más alejada, arrastró su desvarío de internación en internación por algunos años más, hasta que murió carbonizada entre las llamas que en 1948 incendiaron el hospital de Baltimore, donde la habían encerrado por entonces.

  Entre los papeles de Fitzgerald, después de su muerte, aparecieron 133 páginas de la novela que estaba escribiendo y que nunca terminó –El último magnate-, unos pocos relatos inéditos, varios sketchs baratos de aquellos, y una extensa carta dirigida a Zelda, nueve carillas torrenciales escritas a mano y sin piedad. Le decía cosas como ésta: “Yo me quedaría muy tranquilo en  mi tumba, aunque creo que tu espectro, caminando en harapos y seguido de niños por las calles de Montgomery, me acosaría por siempre”. O ésta: “Si fueras capaz de organizar algo, lo harías ahí donde estás (estaba internada) ¿qué no daría yo por tener el derecho al ocio?. Me encantaría despertarme una mañana y decir: hoy, ninguna preocupación, ninguna deuda, ningún prestamista, ninguna prostitución mental... Ya no me compadezco de ti: te envidio, y a cambio, me compadezco infinitamente más de mi talento agonizante...”. Y más: “...está muy bien concebir la vida en términos de una vasta nostalgia cuando se tiene un propósito artístico, sólo que el mundo no permite tales cosas si no se paga con recursos propios. Es un lujo que ni siquiera los ricos, ahora, pueden permitirse así nomás. Nosotros, los tuberculosos, la gente equivocada, los trabajadores, los moribundos, tenemos que vivir -no a expensas de ustedes, lo sabe Dios-, sino a pesar de ustedes.  Tenemos nuestras propias lápidas que cincelar y no podemos desafilar nuestras herramientas apuñalándolos por la espalda, a ustedes, fantasmas, fantasmas que no pueden ni recordar claramente, ni olvidar por completo”. Y ya hacia el final, ciego en la furia de su desolación, llega a decirle: “Tú estabas loca en el sentido ordinario antes de que yo te conociera. Yo racionalicé tus excentricidades e hice una especie de creación contigo. Pero no te enojes, de no haber sido tu, quizás hubiera trabajado con un  material más estable. Mi talento y mi decadencia son la norma. Tu deterioro es la excepción”.

  La carta está fechada en el otoño de 1939. Apareció entre sus papeles. Zelda nunca la recibió. Scott no se la mandó jamás. Acaso por amor.




(*) John Dos Passos (Chicago, 1896- Baltimore, 1970): autor de Manhattan Transfer, Los días mejores  y la Trilogía U.S.A.; entre otros.


* * *




lunes, 6 de junio de 2011

LAS PUERTAS DEL CIELO Y DEL INFIERNO: EL MARTIYO EN CIUDAD JUÁREZ-EL PASO.


Crónicas Perdidas


Este nuevo cuaderno de El Martiyo Plus aspira sin embargo a contradecir su propio título, recuperando crónicas por lo tanto perdidas.
Género fugaz si los hay, el periodismo, aunque torpe, atolondrado y cruel, también suele ofrecernos señales del futuro en sus historias del presente, o al menos registra -con la precisión y las limitaciones del testigo presencial- lo que mañana es la historia.
De allí que aquí, este cuaderno se propone reunir artículos, reportajes y crónicas escritas a través de los años para distintos medios, y que ya fueron papel, y que por eso hoy ya son nada... Hasta este ahora aquí, cuando El Martiyo Plus las recupera entonces para el universo virtual, y su incierta eternidad acaso también fugaz…
A manera de festejo inaugural Crónicas Perdidas hoy nos lleva de viaje a la espinosa frontera entre México y Estados Unidos en El Paso-Ciudad Juárez, allí donde las puertas del cielo, son también las del infierno.
Más que a leer, lo invitamos a pasear (sea valiente)…

CRÓNICAS PERDIDAS: EL PASO-CIUDAD JUÁREZ: A LAS PUERTAS DEL CIELO Y DEL INFIERNO




N. del R.: Esta nota fue publicada en el número lanzamiento de la revista Planeta Urbano en la primavera de 1997, cuando viajé enviado expresamente hasta allí para escribirla. Si todavía vale su lectura es justamente porque son impresiones calientes de aquel lugar y en aquellos días, pero a la vez registra, y acaso sin proponérselo, el alba de otra era, y advierte sobre lo insoluble de un problema que hoy sigue sin solución pero ya es mucho más que un problema.  

  * * *
 
 
  El Paso-Ciudad Juárez son dos ciudades de dos estados distintos de dos países distintos que así conviven separados por dos mil millas de una frontera invulnerable y sin embargo inexistente. Allí todo se distingue y se confunde, lo que separa une, y lo que divide multiplica. 
 Un punto muy extraño de la tierra.
 

A LAS PUERTAS DEL CIELO Y DEL INFIERNO


Por Daniel Ares
(San Diego, California, agosto de 1997)




  ("Aventurero y mojado/ hablando muy buen inglés/ ya me paseé‚ por Atlanta/ por Oklahoma también./ Decía una güera en Florida:/ I love you mexican men/". El mojado acaudalado, corrido)
 
 
      Hay un punto muy extraño de la Tierra donde la puerta del paraíso da a los umbrales del infierno. Queda en un extremo sur de los Estados Unidos de América, o sea, en un extremo norte de los Estados Unidos de México. De un lado es Ciudad Juárez, Estado de Chihuahua; del otro lado es El Paso, Estado de Texas. Es justo ahí donde el Río Grande dobla el curso y cambia el nombre y se convierte en el Río Bravo. Pero lo cierto es que no es ni grande ni bravo, y todos los días -todos los días de la vida-, cientos y miles de personas lo cruzan sin que se les mojen los bigotes ni la marijuana que cargan. Apenas el culo, tal vez las espaldas.
     Son los ilegales, los llaman así: los espalda-mojada, los culo-mojado, los mojados, que les dicen. No todos son mexicanos ni todos llevan drogas; algunos son nicaragüenses, guatemaltecos, portorriqueños, chinos o coreanos que llegaron por el Pacífico, que quieren entrar a los Estados Unidos, que buscan trabajo, que confían en los polleros, mexicanos que por 300 ó 400 dólares pueden conseguirles algún documento falso, una visa, un permiso, un pasaporte, y por un poco más -pongamos 1.000 por cabeza-, los cruzan por donde saben para que el desierto no los mate de sed y para que tampoco los atrapen los hombres de la Border Patrol, un ejército americano de soldados mexicanos -de origen mexicano-, y que son los que marcan sin conseguirlo la raya que divide Chihuahua de Texas.
     Y eso no es todo. Porque ahí la frontera son también los cinco puentes que cruzan el Río Bravo -el Grande-, cinco puentes que no tienen más de 150 metros de largo, molinetes que muerden en cada punta, y policías desconfiados de un lado, y más desconfiados del otro. Y la frontera además son los helicópteros federales que la sobrevuelan todo el tiempo y las narices de la DEA que husmean por todas partes, y son los censores bajo tierra y las cámaras ocultas, y los binoculares infrarrojos, ¡y el cerco!, ­¡ése cerco!-, un cerco de alambre de acero y trama cerrada que corre por más de trescientos kilómetros y que sube, baja, vuelve a subir y se pierde en la distancia, versión McDonald de la muralla china, ya a simple vista resulta tan impresionante como inútil. Nada detiene a los mojados. La Border Patrol arresta, todos-los-días-todos, entre 300 y 500 personas, lo que suma, rápidamente, más de 150.000 por año, y aquí sólo se cuentan los que agarran, no los otros, los que cruzan y siguen... Los agentes de la Border Patrol -con orgullo-, dicen que atrapan a cuatro de cada cinco. Pero dicen, nomás… Cuentan los que agarran, los otros no. No tienen cómo.
     Tampoco cuentan a los miles y miles que cruzan de manera legal por cada uno de los otros puentes, sobre todo por el Santa Fe, el puente libre, allí no se paga por entrar, y todo el día y toda la noche la caravana de peregrinos y coches no cesa ni merma, serán cien o más por hora, tal vez por molinete; casi ninguno tiene visa, la gran mayoría exhibe el pergamino amarillo de un permiso provisorio, son permisos por horas, como mucho 72, el tiempo justo como para hacer compras, visitar un pariente enfermo, consultar un dentista, llevar sus mercancías. Pasan, no los cuentan. ¿Para qué? Cruzan uno detrás del otro, sin parar, no cuesta nada. Cuando cruzan el molinete, un policía norteamericano, sin mucho entusiasmo, les revisa el bolso o lo que lleven, y listo, eso es todo. Pasan. Serán cien, doscientos por hora, tal vez más, muchos más, no los cuentan. For what?, pregunta pero responde el viejo sargento John Mejía. Pasan.
     Tal vez los cuenten después, cuando los atrapen -si es que los atrapan-, cuando los encuentren todavía en El Paso ya vencido el permiso, tratando de subir o de quedarse. Entonces sí, los arrestan y los amonestan y después los deportan. Con suerte a Ciudad Juárez, de donde vinieron, pero tal vez más lejos, a Sonora, o más lejos aún, a Tijuana, muy lejos de sus casas... pero eso es todo. No hay otro castigo. No los quieren ni presos.
     "Hay que alojarlos, darles de comer, atenderlos si están enfermos, es un gasto. Mejor es deportarlos con una advertencia, y si vuelven, bueno... en ese caso tal vez los enjuiciamos y los metemos a la cárcel por algún tiempo”, explica con pragmatismo americano mister Jaime Arras, assitant chieff de la Border Patrol, un agente de aspecto, nombre y ascendencia mexicana, pero nacido en los Estados Unidos. Como Bruce Springteen. Todo es raro.
      Según dice mister Arras en su roto español y bajo la atenta mirada azul de su jefe Doug Mosier (que lo escucha sin entenderlo), las cosas mejoraron mucho durante los últimos años. "Antes deteníamos entre 800 y 1000 personas por día, ahora no pasan de 500. La mejoría -Arras dixit- se debe a que ahora la Border Patrol cuenta con más agentes y mejores recursos. Pero como suele ocurrir, el remedio es una consecuencia de la enfermedad. Los refuerzos fueron enviados conforme aumentaba y se desbordaba el tráfico de todo: drogas, armas, ilegales y varios. Sólo de marijuana, incautamos 110.000 libras por año, algo así como 60 toneladas de las que casi que se jactaría mister Arras, de no ser porque no puede contar con la misma precisión la cantidad de cocaína y heroína que le pasan por todos lados todo el tiempo. Eso ya es más difícil de agarrar, no tiene olor, no ocupa lugar... La marijuana es otra cosa.
 



La versión McDonald de la Muralla China.
Flamante y oxidada, ¿aguantará tanto?


  ("La policía federal/ la de caminos y puertos/ todo el mundo interesado/ en atrapar el cargamento/ unos se llevaron droga/ y otros muy buen ascenso". La paloma, corrido)
 
 
     Igual no pueden pararlos.
     Los mil hombres de la Border Patrol de Texas no duermen nunca, están bien equipados, mejor entrenados y rigurosamente organizados. Ven de día y ven de noche también, como Superman. Se puede decir que los agentes de la Border Patrol saben hacer su trabajo y que atrapan a la gran mayoría de los que intentan burlar su frontera. Pero aún así, no pueden pararlos. Hagan lo que hagan, los mojados volverán, mañana o la semana que viene, por el río, por el desierto, por el viento o como sea. Los pueden detener, arrestar, pero no pueden pararlos. Los desbordan.
     Linda Cruz tiene 23 años, nació en Nueva México, es hija de mexicanos y es una de las pocas agentes femeninas de la Border Patrol. Dice que prefiere el desierto pero que le toca atender a la prensa y entonces lleva a la prensa hasta el desierto. Se detiene para las fotos en un punto cualquiera junto al cerco de alambre de acero que divide México de Estados Unidos. Del otro lado, del lado mexicano, casi que pegado al cerco, hay un asentamiento paupérrimo donde vivirán dos mil o tres mil personas. “El año pasado no estaban”, dice Linda Cruz, severa, preocupada, parada de éste lado del cerco pero con los ojos fijos en el otro lado. Los desbordan.
     Y para colmo los que se escapan se escapan, no se quedan allí, dejan El Paso, buscan San Francisco, Chicago, Dallas, de ser posible Nueva York, claro... Buscan trabajo, fortuna, pensiones, un dealer de los grandes; algunos, incluso, buscan fama, tal vez amor, acaso libertad. No saben lo que les espera, no les importa. Vienen del hambre, quieren comer. Se los ve parados en la mitad de la más pulcra avenida americana alzando un cartel de cartón que dice Job for eat. Buscan trabajo, sólo piden comida. Están dispuestos a la esclavitud.
     Otros no. Otros se asientan, progresan, triunfan a su manera y dan gracias a Dios y a los Estados Unidos de América, esa gran nación. Juan Vargas, por ejemplo, es taxista, tiene 35 años, está en El Paso desde 1978. Gracias a Dios, dice.
     No es el único. Están los que llegan más lejos todavía y se convierten en recepcionistas o barmans de los grandes hoteles; o mejor aún, dirigen tiendas y restorantes y algunos hasta tienen su propio bar de comida mexicana en pleno Downtown. Es más: el mayor de El Paso, algo así como el alcalde; se llama Ramírez, mister Carlos Ramírez. Es una gran nación. Pero no se sabe cuál. Un punto muy extraño de La Tierra.
 
 
Río Grande o Bravo.
Ni una cosa, ni la otra.


  ("Vine buscando no sé qué/ a estas tierras tan lejanas/ y lo primero que me encontré/ que la gente es muy extraña/". Ni aquí ni allí, corrido)
 
   
  Es un punto muy extraño porque justo allí chocan las aguas celestes de la esperanza de una vida mejor en esta vida, con esa lava ardiente que sube desde el fondo de la tierra o de los hombres, esa fuerza que busca por encima de todo una vida mejor en esta vida... Es una frontera caliente, tensa, que se dobla y que se rompe por todas partes, que marca, divide y separa, y que sin embargo, al mismo tiempo, no existe... Es un punto muy extraño donde los contrastes son tan crudos que la forma que resulta es por momentos irreal, o real pero inverosímil, lógica pero fantástica.
     Allí todo es y no es, se parece y nada que ver, es la misma cosa pero exactamente lo contrario. Todo perfectamente se distingue y permanentemente se confunde. Es raro.
  De un lado todo es diet and light, no-smoking, fast-food and don't disturb, okey. It´s all right... Pero basta cruzar el puente y ya todo es chile verde, chile blanco, chile rojo, chile furioso, alcoholes extraídos de las raíces de la locura, salsas que resultan de las semillas del fuego, corridas de toros el domingo, cigarrillos americanos por todas partes, marijuana en las esquinas, iglesias de la conquista, prostíbulos baratos, tacos, tequila, carnitas, mezcal...
     De un lado, en El Paso, todos los días se escuchan todavía a Los Beatles, a Clapton y los Stones y un country constante que rueda con el ritmo de las grandes carreteras americanas... Pero enfrente, por las radios y las calles de Ciudad Juárez, se oyen sólo corridos mexicanos que cuentan historias de Zapata y sus valientes, de generales corruptos de un lado y del otro, de mojados heroicos y de mujeres que vestidas de monjas trafican cocaína burlando a los federales.
     Y mientras por la noche los gringos cruzan a Ciudad Juárez buscando drogas y muchachas, del otro lado, en El Paso, bajo la misma luna, en la selecta boite de un hotel internacional; elegantes mujeres mexicanas bailan boleros de Luis Miguel o charlan en inglés con mexicanos de sombrero tejano y botas tejanas que beben cerveza Corona. That is América.
     De día en El Paso están abiertas las plazas que cierran a las 11 P.M. o'clock, nadie arroja basura por las calles, nadie toca bocina, nadie pasa en rojo, y en el corazón del Donwtown, se levanta una docena de rascacielos propios de las grandes ciudades y propiedad de las más sólidas corporaciones. En El Paso de día todo es prolijidad, sistemática prolijidad. Hay máquinas de Coca-cola, Burguer King y Mcdonalds en cada metro cuadrado; hay coquetos ómnibus flamantes que simulan ser viejos tranvías, hay una empresa de taxis muy seria y hay aire acondicionado hasta en los ascensores. Todo es orden, limpieza, sistemática limpieza. Es la América de arriba.
     Y a dos cuadras nomás está América la de abajo, Ciudad Juárez, la gangrena de los siglos comiéndose las paredes, las calles sucias y rotas donde personas sucias y rotas mendigan desparramadas por el piso, los viejos bares, los ventiladores asmáticos, la basura amontonada... En Ciudad Juárez todo es desorden, los autos son autónomos, los semáforos luces de colores, se cruza por cualquier lado, se fuma hasta en las capillas, nada parece prohibido y con todo se trafica: plata, oro, piedras, putas, drogas. “Los gringos no quieren drogas en El Paso -dice José Luis, que es taxista en Ciudad Juárez- pero vienen a comprarla acá... Buscan marijuana, cocaína, heroína... quieren algo... Y si no buscan muchachas, acá hay muchas muchachas que trabajan...”
     Uno al lado del otro, en el centro de Ciudad Juárez, los dancing están de guardia las 24 horas. Adentro es la noche eterna. El Manhattan es el más recomendado. “Aquí hay chavalonas pero que muy bonitas, chavalonas de 16, 17 años”, ofrece afuera un anciano bilingüe nacido en Guadalajara. Detrás (el viejo ya lo olvidó), hay un cartel que dice: SE PROHIBE EL INGRESO DE MENORES, BORRACHOS Y ALBOROTADORES. Pero todo es alboroto. Es América la de abajo, la otra, lo contrario y sin embargo... lo mismo. Es un punto muy extraño.
 
   
Arriba, Ciudad Juárez, abajo El Paso.
Dos gotas de agua pero nada que ver.






  ("En donde quiera es lo mismo/ Yo no lo entiendo y no entenderé/ Que mis sueños ni aquí ni allí/ Nunca los realizaré". Ni aquí ni allí, corrido.)

Es un punto muy extraño porque resulta que en El Paso todo mexicano habla inglés y todo americano que no hable español se siente un poco perdido como si estuviera en México y no en Estados Unidos, o como si México y Estados Unidos fueran el mismo país, la misma cosa, un país que no se sabe cuál es, un extraño país típicamente norteamericano pero aparentemente mexicano, o viceversa. Es muy extraño.
En Ciudad Juárez, México, la población es angloparlante, allí todos hablan en inglés, vendedores, dealers, camareras y mariachis responden en inglés aunque se les pregunte en castellano, pareciera que ya no entienden el español, que lo olvidaron, que se les fue; incluso entre ellos hablan en inglés, no parece México, parece Estados Unidos, es raro... Y mucho más si se piensa que fue justamente allí donde Francisco Villa les dijo aquí te quedas a los soldados de la Unión. Es muy raro.
    Pero también es raro El Paso, donde una multitud de americanos hispanoparlantes parece dominarlo todo, dirigirlo todo, atenderlo todo, manejarlo todo, desde el conmutador hasta las patrullas, los puestos de inmigraciones y el aeropuerto, la oficina del alcalde, las bancas legislativas y los mástiles también. Por todas partes flamea sobre territorio norteamericano la bandera de México. El Camino Real, el hotel más alto y más caro de la ciudad, tiene en su entrada tres grandes mástiles con tres grandes banderas: la de Estados Unidos en el medio, de un lado la de Texas, y del otro la de México.
     En las tiendas de El Paso -tiendas típicamente americanas-, vendedoras mexicanas venden Levis fabricados en Colombia y remeras estampadas con la cara de Emiliano Zapata y una leyenda que dice: Viva El Paso...
     "Es que El Paso era territorio mexicano, El Paso y mucho más”, dice Ordoñez, un viejo comerciante nacido en El Paso que sin embargo no es norteamericano: “yo soy pacero, repite si le preguntan y aclara por las dudas: que esto no es Texas, esto es Tejas...”
      Ordoñez señala un viejo hotel que hay arriba de su tienda, dice que es uno de los primeros hoteles de El Paso y que allí más de una vez pernoctó el mismísimo Pancho Villa. “Entraba por esa puerta”, señala y mira Ordoñez como si por allí entrase Villa todavía. Es raro. Es Estados Unidos pero parece México. Muy raro. Allí todos hablan inglés, pero están orgullosos de El Paso y de México. Por momentos parece como si Villa no hubiese perdido nunca. Al contrario.
 

Cuando lo que se controla es el descontrol.


  ("Qué pensarían, ay, los americanos/ que nuestro suelo pensaban conquistar/ Si ellos tienen muchísimos cañones/ Los mexicanos tienen lo principal". Corrido a Pancho Villa, corrido)
 
   
Un punto muy extraño porque nunca queda claro si es que las aguas celestes que bajan del norte, hierven y se evaporan cuando apagan esa lava que sube del sur, o si más bien esa lava que sube y quema el agua y la evapora. No se entiende. Pues ahorita mismo dicen que El Paso se muere, que Ciudad Juárez se lo come...
     Desde que los acuerdos comerciales entre Estados Unidos, México y Canadá  relajaron las fronteras económicas, muchas de las más tradicionales y poderosas factorías americanas decidieron levantar sus banderas sin banderas al otro lado del puente, donde la mano de obra es todavía más barata que la gasolina...  Desde entonces cada día son menos los mexicanos que cruzan a comprar lo que antes compraban en las tiendas de El Paso; y los que cruzan, sólo pasan, siguen, se van, no compran ni se quedan, porque los que se quedan no tienen trabajo, pasan hambre, algunos trafican, otros roban o deambulan borrachos por las calles, y cada día son más y El Paso ya no es lo que era, qué va... Allí está Maryland Street, por ejemplo, ayer nomás una calle tan comercial, y hoy convertida en lo que lo que todos llaman el Barrio del Diablo, una zona de traficantes y ladrones que nadie cruza de noche, ni siquiera la policía. For what?. “La policía ya no puede con ellos -cuenta un pacero en español- los detiene, les dan un warning, que es como una advertencia, les sacan el botín... pero después los sueltan, no pueden con ellos, no tienen dónde meterlos, cómo mantenerlos, son muchos, los largan”. Es un gasto, diría Arras. Los devuelven a la calle, al Barrio del Diablo, en el corazón de El Paso, que ahorita dicen que se lo come Ciudad Juárez como si El Paso y Ciudad Juárez, mitades rotas de un solo entero, fueran finalmente indivisibles, la misma cosa aunque dos cosas distintas...
     Y tal vez eso es lo más extraño de este punto tan extraño. Porque es fácil decir que allí la puerta del paraíso da a los umbrales del infierno. Lo difícil allí es precisar de qué lado está el infierno y de qué lado el paraíso. Por eso es tan extraño.


Y no los pueden parar.
 
 
  ("Para que rompa con mi canto las fronteras/ Llegué llorando a tierra de anglosajón/ Para que respeten los derechos de mi raza/ Caben dos patrias en el mismo corazón/”. Mis dos patrias, corrido).


  * * *


















  *